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Carmina Burana: 25 años de un ritual necesario

“Cuando estamos en la taberna no nos preocupa nuestra sepultura” es una frase que sintetiza el espíritu de Carmina Burana a la perfección. Porque si la banda está sonando, se puede morir ya mismo, ya nada importa, “el espíritu febril avanza hacia el amor y sobre los gozadores baila el joven dios”.

Veinticinco años después, el ritual es el mismo. Letras oscuras, a veces enroscadas, a veces más directas. Un rock furioso, rabioso, mucha punkitud, pero siempre el baile. No, las etiquetas no sirven… no se sabe muy bien cómo se llama eso. “Pasodoble hardcore” dijeron alguna vez… quizás pueda ser. Sí, también hay ska, alguna media cumbia. Pero se baila fuerte, con pogo, con empujones, con patadas. Los de 20 y los de 40 también, que este es su ritual, el mismo de hace más de dos décadas.

Veinticinco (hermosos y podridos) años después, esa formación que nació en Firmat sigue dando vueltas, tan preocupada por esa línea tan delgada de la vida y la muerte, a la cual nunca dejará de cantarle. Citas al azar: “Quiero espiar en la mente del enajenado, del que está muerto pero igual sigue viviendo” (Volvedor); “Quiero volver a nacer, pero esta vez en la luna, ¡solo!” (Príncipe sapo); “Todo adobadito me escondí sonriendo a esperar al buey marcado” (Santo de los finaditos), y tan contundentemente: “Las ideas se hunden en el fondo del barro, se manchan de ego y al final… mueren (como todas las cosas), mueren (como el soma de la humanidad), mueren (como muere la esperanza, tus amos, tus dioses, tus hijos que también mueren)” (El canto del borrego).

Resulta paradójico, que mientras le canta a tantas formas de muerte, Carmina Burana se empecine en existir. Para una banda del under, que encima hoy vive entre dos ciudades (Firmat y Rosario) todo parece complejo, pero un día empezaron a tocar y nunca más pararon. Seis discos y un DVD después, siguen tan vitales como siempre, reventando de decibeles y sudor el lugar donde la música los lleve. Y por suerte en Venado Tuerto son absolutamente locales: acá fue la primera vez y la última hasta ahora, porque un puñado de días atrás volvieron a hacer de las suyas en 1927 Multiespacio.

 

LA BANDA QUE ESCUCHARÍA

Muchos músicos han ido pasando por Carmina Burana, aunque hoy la formación luce afianzada desde hace varios años y es obvio que cada uno es fundamental en su lugar; pero también está claro que sin Kamono no habría banda. Con la cara pintada o enmascarado, con una presencia en escena arrolladora que resulta hipnótica para el público, una voz poderosa y unos pasos de baile donde parece entrar en trance, el cantante está siempre en el centro. Es el gran responsable de esos recitales que son siempre un viaje de ida. ¿O acaso alguien los vio en vivo y no sintió ganas de volver?

“Hace tiempo que venimos juntándonos y haciendo quilombo, una vida casi. Yo tengo casi 52 de existencia, si das vuelta el número hay una coincidencia. Carmina Burana siempre estuvo en actividad normalmente, capaz con algún período de ostracismo donde no salimos a tocar, pero nos juntamos a ensayar y hacer boludeces. Siempre estuvimos tocando, en estos 25 años no hubo ni uno donde podamos decir que no hicimos nada. Siempre estuvimos tocando, grabando cosas, viajando”, dice Leandro Ramón Ibarra, que un día y para siempre se convirtió en Kamono.

Incluso se anima a tomar un poco de distancia y confirmar: “Yo siempre digo que si no tocara en Carmina Burana, sería una banda que escucharía. Muchas veces pasa de grabar un disco y estar mucho sin escucharlo, pero con el tiempo uno vuelve y me gusta. Los discos no envejecen mal, uno los ubica temporalmente y si escuchás bandas de esa misma era, vas a descubrir que se proponían cosas que no eran muy comunes, por lo menos a nivel zonal. Y se parte de ese lugar, se va para otro lado, va mutando y transmutando en otras cosas”, teoriza.

 

EL VÍNCULO VENADENSE

En 25 años, ¿cuánta gente habrá pasado por sus recitales en Venado Tuerto? Seguro fueron más de 25 presentaciones, más de una por año y un vínculo que viene desde la génesis misma: “La banda con el nombre Carmina Burana hizo su primera presentación en Venado en el cine que está frente a la plaza en el centro, después tocamos en el Galpón del Arte. De los que estábamos esa vez, solo quedé yo. Estaba Billy Holz de baterista, hijo de un gran artista de Venado, Patchouli en bajo (que le puso el nombre a la banda) y Piraña era nuestro guitarrista, éramos un cuarteto. Después tuvimos incursiones fuertes en el CEJ, de hecho estuvimos tocando ahí en el momento en que tomaron el galpón; después muchas veces en el Espacio Ubú, en el Boga Boga, en un bowling, en el Teatro Ideal, en una carpa de la muerte que fue memorable, con mucho barro y ya casi de día”, rememora Kamono sobre la épica madrugada del Okuparte en el Parque Municipal, hace ya casi dos décadas.

Incluso se hace cargo de asumir el lugar de banda influencia: “Se generaron cosas en Venado que tuvieron que ver con lo que proponíamos en ese entonces, porque no estaban tan en boga los ritmos gitanos, las trompetas sobre una base de rock o el acordeón a ritmo de cumbia descontrolada. No me equivoco si digo que en la zona fuimos precursores de esos sonidos”, evalúa.

 

EL POGO MENTAL

“Carmina es una banda que no recula por el hecho de más o menos gente, se come la locura en el escenario, incluso en los ensayos se genera casi lo mismo, falta el público pero se genera un pogo mental que parte de la cabeza y se transmite, y después se arma una especie de retroalimentación entre la gente y la banda, y eso está bueno sentirlo. Yo siempre digo que no importa la cantidad de gente, yo he ido a recitales muy buenos con veinte personas, que te arrancaban la cabeza. Yo fui a ver a Sumo acá en Firmat con Mana (guitarrista de la banda) y éramos veinte, aunque si estaban todos los que dicen haber estado serían 20 mil. Sí recuerdo que hubo gente de Venado que la sigo encontrando”, repasa Kamono.

La celebración de los 25 años es parte de esa energía contenida que sale con toda la fuerza con los primeros acordes de la banda en escena, y el ritmo nunca baja, aunque la lista haya alcanzado casi las 30 canciones el otro sábado: “A veces no se puede regular, sale como sale, la otra vez en Rosario me tiré sobre la gente y caí como una bolsa de 800 kilos, cobré entre la gente… fue sensacional, lo disfruté. Antes me tiraba y rebotaba, ahora no hubo forma, yo aconsejaría correrse porque es peligroso querer atajarme”, se ríe el cantante, cuya figura se hace aún más gigante sobre el escenario.

“Existe” es el título del último disco de Carmina Burana, casi una aclaración innecesaria para una banda que –se sabe- siempre está. Por eso el número redondo ahora llama al festejo, que además de una gira que los llevará por diferentes puntos del país, puede acarrear una producción jugada con un ensamble de cuerdas, porque siempre hay que estar en movimiento. Y ya se sabe, si la taberna está abierta, no hay sepultura que detenga la fiesta.

 

Cuando estamos en la taberna no nos preocupa nuestra sepultura” es una frase que sintetiza el espíritu de Carmina Burana a la perfección. Porque si la banda está sonando, se puede morir ya mismo, ya nada importa, “el espíritu febril avanza hacia el amor y sobre los gozadores baila el joven dios”.

Veinticinco años después, el ritual es el mismo. Letras oscuras, a veces enroscadas, a veces más directas. Un rock furioso, rabioso, mucha punkitud, pero siempre el baile. No, las etiquetas no sirven… no se sabe muy bien cómo se llama eso. “Pasodoble hardcore” dijeron alguna vez… quizás pueda ser. Sí, también hay ska, alguna media cumbia. Pero se baila fuerte, con pogo, con empujones, con patadas. Los de 20 y los de 40 también, que este es su ritual, el mismo de hace más de dos décadas.

Veinticinco (hermosos y podridos) años después, esa formación que nació en Firmat sigue dando vueltas, tan preocupada por esa línea tan delgada de la vida y la muerte, a la cual nunca dejará de cantarle. Citas al azar: “Quiero espiar en la mente del enajenado, del que está muerto pero igual sigue viviendo” (Volvedor); “Quiero volver a nacer, pero esta vez en la luna, ¡solo!” (Príncipe sapo); “Todo adobadito me escondí sonriendo a esperar al buey marcado” (Santo de los finaditos), y tan contundentemente: “Las ideas se hunden en el fondo del barro, se manchan de ego y al final… mueren (como todas las cosas), mueren (como el soma de la humanidad), mueren (como muere la esperanza, tus amos, tus dioses, tus hijos que también mueren)” (El canto del borrego).

Resulta paradójico, que mientras le canta a tantas formas de muerte, Carmina Burana se empecine en existir. Para una banda del under, que encima hoy vive entre dos ciudades (Firmat y Rosario) todo parece complejo, pero un día empezaron a tocar y nunca más pararon. Seis discos y un DVD después, siguen tan vitales como siempre, reventando de decibeles y sudor el lugar donde la música los lleve. Y por suerte en Venado Tuerto son absolutamente locales: acá fue la primera vez y la última hasta ahora, porque un puñado de días atrás volvieron a hacer de las suyas en 1927 Multiespacio.

La banda que escucharía

Muchos músicos han ido pasando por Carmina Burana, aunque hoy la formación luce afianzada desde hace varios años y es obvio que cada uno es fundamental en su lugar; pero también está claro que sin Kamono no habría banda. Con la cara pintada o enmascarado, con una presencia en escena arrolladora que resulta hipnótica para el público, una voz poderosa y unos pasos de baile donde parece entrar en trance, el cantante está siempre en el centro. Es el gran responsable de esos recitales que son siempre un viaje de ida. ¿O acaso alguien los vio en vivo y no sintió ganas de volver?

Hace tiempo que venimos juntándonos y haciendo quilombo, una vida casi. Yo tengo casi 52 de existencia, si das vuelta el número hay una coincidencia. Carmina Burana siempre estuvo en actividad normalmente, capaz con algún período de ostracismo donde no salimos a tocar, pero nos juntamos a ensayar y hacer boludeces. Siempre estuvimos tocando, en estos 25 años no hubo ni uno donde podamos decir que no hicimos nada. Siempre estuvimos tocando, grabando cosas, viajando”, dice Leandro Ramón Ibarra, que un día y para siempre se convirtió en Kamono.

Incluso se anima a tomar un poco de distancia y confirmar: “Yo siempre digo que si no tocara en Carmina Burana, sería una banda que escucharía. Muchas veces pasa de grabar un disco y estar mucho sin escucharlo, pero con el tiempo uno vuelve y me gusta. Los discos no envejecen mal, uno los ubica temporalmente y si escuchás bandas de esa misma era, vas a descubrir que se proponían cosas que no eran muy comunes, por lo menos a nivel zonal. Y se parte de ese lugar, se va para otro lado, va mutando y transmutando en otras cosas”, teoriza.

El vínculo venadense

En 25 años, ¿cuánta gente habrá pasado por sus recitales en Venado Tuerto? Seguro fueron más de 25 presentaciones, más de una por año y un vínculo que viene desde la génesis misma: “La banda con el nombre Carmina Burana hizo su primera presentación en Venado en el cine que está frente a la plaza en el centro, después tocamos en el Galpón del Arte. De los que estábamos esa vez, solo quedé yo. Estaba Billy Holz de baterista, hijo de un gran artista de Venado, Patchouli en bajo (que le puso el nombre a la banda) y Piraña era nuestro guitarrista, éramos un cuarteto. Después tuvimos incursiones fuertes en el CEJ, de hecho estuvimos tocando ahí en el momento en que tomaron el galpón; después muchas veces en el Espacio Ubú, en el Boga Boga, en un bowling, en el Teatro Ideal, en una carpa de la muerte que fue memorable, con mucho barro y ya casi de día”, rememora Kamono sobre la épica madrugada del Okuparte en el Parque Municipal, hace ya casi dos décadas.

Incluso se hace cargo de asumir el lugar de banda influencia: “Se generaron cosas en Venado que tuvieron que ver con lo que proponíamos en ese entonces, porque no estaban tan en boga los ritmos gitanos, las trompetas sobre una base de rock o el acordeón a ritmo de cumbia descontrolada. No me equivoco si digo que en la zona fuimos precursores de esos sonidos”, evalúa.

El pogo mental

Carmina es una banda que no recula por el hecho de más o menos gente, se come la locura en el escenario, incluso en los ensayos se genera casi lo mismo, falta el público pero se genera un pogo mental que parte de la cabeza y se transmite, y después se arma una especie de retroalimentación entre la gente y la banda, y eso está bueno sentirlo. Yo siempre digo que no importa la cantidad de gente, yo he ido a recitales muy buenos con veinte personas, que te arrancaban la cabeza. Yo fui a ver a Sumo acá en Firmat con Mana (guitarrista de la banda) y éramos veinte, aunque si estaban todos los que dicen haber estado serían 20 mil. Sí recuerdo que hubo gente de Venado que la sigo encontrando”, repasa Kamono.

La celebración de los 25 años es parte de esa energía contenida que sale con toda la fuerza con los primeros acordes de la banda en escena, y el ritmo nunca baja, aunque la lista haya alcanzado casi las 30 canciones el otro sábado: “A veces no se puede regular, sale como sale, la otra vez en Rosario me tiré sobre la gente y caí como una bolsa de 800 kilos, cobré entre la gente… fue sensacional, lo disfruté. Antes me tiraba y rebotaba, ahora no hubo forma, yo aconsejaría correrse porque es peligroso querer atajarme”, se ríe el cantante, cuya figura se hace aún más gigante sobre el escenario.

“Existe” es el título del último disco de Carmina Burana, casi una aclaración innecesaria para una banda que –se sabe- siempre está. Por eso el número redondo ahora llama al festejo, que además de una gira que los llevará por diferentes puntos del país, puede acarrear una producción jugada con un ensamble de cuerdas, porque siempre hay que estar en movimiento. Y ya se sabe, si la taberna está abierta, no hay sepultura que detenga la fiesta.

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